Cronica De La Tierra Oscura- El Elfo Caido Official
Una noche, al limpiar su lanza, vio en el reflejo del acero algo que no reconoció: sus propios labios manchados de un polvo gris. Los restos de un altar umbral. Una diosa de tres ojos que habían llamado Nicta , y a la que él había partido en dos con un solo tajo.
—¿Tienes manos para el yunque?
Eran siglos de memoria tejida en claridades de plata, en cantos que ascendían por los pilares de cristal de Elyndor, la ciudad eterna. Allí, entre bosques que nunca perdían su flor, Kaelen había sido algo parecido a un héroe: capitán de la guardia del Alba, portador de la lanza Luminara , forjada con el último suspiro de una estrella. Sus compañeros le llamaban “Ojos de Sol”, porque en su mirada habitaba una certeza que los demás elfos anhelaban. Cronica de la Tierra Oscura- El Elfo Caido
Han pasado treinta ciclos desde el exilio. Kaelen vaga por la Tierra Oscura —un nombre que los humanos dieron a este continente sumido en eterno crepúsculo, donde el sol nunca sube del todo y la noche nunca es total. Las ciudades humanas lo repudian sin saber por qué; huelen en él algo viejo, algo que no pertenece a este mundo de ceniza y hierro oxidado.
Pero la certeza, pensó después, es solo una forma elegante de la ceguera. Una noche, al limpiar su lanza, vio en
Kaelen tarda en responder. Ha olvidado el sonido de su propia voz.
Kaelen no lloró. Los elfos de la luz no lloran, decían. Pero esa noche, en la celda abierta a los vientos del desierto de los confines, sintió cómo la luz del mundo se volvía contra él: cada estrella era una acusación, cada hoja iluminada por la luna un dedo que señalaba. —¿Tienes manos para el yunque
Lo despojaron del rango. Le arrancaron la lanza Luminara —ella misma gimió al separarse de su mano—. Y en el juicio de las Tres Coronas, la sentencia fue breve:
La Conclave lo supo. No por confesión, sino por el hedor del cambio: a partir de aquel día, Kaelen comenzó a soñar con raíces. No con raíces limpias de los jardines sagrados, sino con venas negras que palpitaban bajo la tierra, uniéndolo a algo que los ancianos llamaban La Oscura Memoria .
—Tengo manos para el dolor —responde el elfo.